domingo, 15 de febrero de 2015

Dos zorros para el violinista de Ishua. Homenaje a Máximo Damián.

“…al violinista Máximo Damián Huamaní, de San Diego de Ishua, le dedico, temeroso, este lisiado y desigual relato”. – José María Arguedas, El zorro de arriba y el zorro de abajo [1]
Máximo Damián tocando en el entierro de Arguedas.
Fuente: El comercio.
Se ha marchado a la eternidad, se ha ido a reír y a cantar (en quechua) con su amigo; se ha ido, como la lluvia en estos tiempos, muy de prisa, aún nos tenía que regalar más poemas sonoros. Se ha ido y es hora de tocar la ‘Agonía’[2] para acompañar su llegada, allí, donde el amauta.

En la película: Two mules for sister Sara[3] (Dos mulas para la hermana Sara), un caza recompensas se encuentra casualmente con una mujer que finge de monja con el propósito de ser protegida y llevada a buen recaudo, el título del largometraje pretende explicar que la co-protagonista necesita de dos mulas para sobrevivir. El título de este escrito es un juego de palabras inspirada en el título de ese filme, jugando con las palabras preciso explicar que se necesitó dos zorros en la vida de Don Máximo Damián HuamanÍ (San Diego de Ishua, distrito de Aucara, provincia de Lucanas, departamento de Ayacucho, Perú, 20 de diciembre de 1936 – Lima, Perú, 12 de febrero de 2015), uno lo cobijó y le dio aliento para crear y deslumbrar más de lo que ya venía haciendo y otro que adelantó su atardecer de una manera huraña, y letal.

Hijo de Justiniano Damián y Toribia Huamaní, campesinos. Aprendió de su padre a tocar el violín, su padre no deseaba que él siguiera sus pasos ya que asumía esa labor como un camino hacia la “borrachería”. Su tenacidad y perspicacia le hicieron desobedecer a su padre, aprovechaba cada vez que se iba de gira para coger el violín y tocar (los discípulos de su papá le acompañaban). A los 13 años debutó como violinista y en adelante sembraría éxitos, siempre ligado a la composición de melodías tradicionales del ande, reconocido ahora como Guardián de nuestra identidad andina[4].

“La fuerza y musicalidad de su instrumento nacida en el coliseo llegó hasta la televisión y el cine, y contribuyó a que el país, primero, y el mundo, después, conocieran la Danza de las Tijeras, máximo homenaje quechua a la Uku Pacha o mundo dentro de la tierra, que usa piezas de metal que tuvieron que venir de Europa porque ninguna de las grandes culturas andinas logró elaborar objetos semejantes”.[5] Quizá ese sea su mejor legado, el de haber contribuido en una expresión tan mítica y compleja que algunos logran entenderla solo cuando le ponen el rótulo de demoniaca. Entre su producción discográfica destaca: Máximo Damián. El violín de Ishua (París, 1992)[6].

Damián conoció a Arguedas un día que este último fue a buscarlo a su casa en Lima (Máximo se había mudado a los 14 años a la capital, desde entonces trabajaba de obrero y tocaba su violín los fines de semana en fiestas de algún paisano y después en coliseos) y le propuso tocar donde Arguedas lo requiriese. Desde entonces se volvieron amigos, mas que eso, se volvieron familia[7]. El creador de Todas las sangres vendría a ser el primer zorro en la vida de Máximo Damián. Fue Arguedas quien le dijo que siempre conservase el estilo tradicional con el que tocaba el violín, que no se deje llevar ni guiar por el mercado, que toque lo que sienta y así jamás mienta. 79 años vivió y los dedicó al arte y la vida a plenitud, siempre humilde, siempre el mismo.

También yo tengo dos zorros, o quizá solo uno, que no son alegorías, son en realidad zorros. El pasado 11 de febrero, mientras Máximo Damián agonizaba, mi madre junto a mis perros daban cacería a un zorro en una rinconada, lograron acorralarlo, el animal se refugiaba debajo de una gran roca. Tenía que morir, de lo contrario nuestro rebaño seguiría viéndose afectado. Como el escondite del zorro era impenetrable, mi mamá optó por tapar las salidas cubriéndolas con piedras de tal forma que no pudiera salir mientras venían los refuerzos (es decir yo). Horas después prendimos fuego por un agujero que daba adentro del escondite, jamás salió, era un zorro, a pesar de no ser adulto, tenaz y temerario.

Desde el día 12 hasta hoy 15 han caído dos alpacas y un cordero, no sabemos si es otro zorro o el mismo que, no sé como, ha escapado de su encierro. Lo único real es que la puna cochana donde vivimos ( Comunidad Campesina de Marcapomacocha, 4500 metros sobre el nivel del mar aproximadamente) luce incierta, fría e inclemente. No deseábamos cegar la vida de ningún zorro por puro capricho, nos estábamos defendiendo de sus cacerías en nuestro territorio. Pese a ello parece ser que la naturaleza y “el compadre” han conjurado para castigar nuestra rebeldía.

Retomando a Máximo, él también tiene su otro zorro castigador. Sus últimos meses fueron un martirio. Padecía de diabetes, el tratamiento y los ingresos que poseía eran insuficientes para menguar su mal[8]. El estado tan ancho y ajeno, parafraseando a Ciro Alegría, no se preocupaba por alguien que había puesto en valor parte de la tradición y sentir andino, expuso su arte en diversos países. Un simple traslado de un hospital a otro, mas especializado, era imposible, como si se tratase de hacer música con el violín solo con la lengua sin utilizar otra extremidad del cuerpo. Máximo languidecía y su humildad ahora se confundía con resignación.El estado y sus hospitales eran el segundo zorro que le daba con palo aún sin ser su hora.

Máximo Damián 15 de enero del 2015.
Fuente: Diario 16.
“Todo muerto siempre es bueno”, en este caso él si lo fue. Ahora que las autoridades le dan reconocimientos máximos a un cadáver sin alma, su alma yace tocando su violín en la eternidad, y se toman fotos junto a él, se ve el agua sucia donde se han lavado las manos como buenos pilatos. ¿Y Máximo?, él está otra vez con el violín en la mano camino a su encuentro con Arguedas, es que este último le debe una promesa, el andahuaylino tenía que estar para el almuerzo en casa de Damián a fines de noviembre de 1969, el violinista esperó con la sopa que a Arguedas le gustaba, también estaban en la mesa papa y queso, sin embargo el visitante jamás llegó; al día siguiente se leía en la prensa que Arguedas se había suicidado. Ahora ya no hay escusa, por fin se verán puesto que Arguedas se adelantó y si su depresión siguiese (allí donde se encuentre) ya no se podría matar (su alma ascendió a la eternidad), ahora será él quien espere con comida al humilde Máximo, que hasta el fin de sus días me dio la impresión de que le era mas fácil conversar en quechua que “hacerse entender” hablando en el idioma con el que le dijeron: “No hay cama para atenderlo” en un hospital donde el sonido parece el del toque fúnebre.

Máximo Damián e Ysabel Asto, 15 de enero del 2015
Fuente: Diario 16.
Se ha marchado a la eternidad, se ha ido y esta vez el que fue hechura de su madrasta espera para que rían en la lengua madre, se ha ido y los truenos ahora suenan a “la agonía”, se ha ido y en la puna cochana donde pasto mis ganados ya no se oye el soplar del viento, ahora se siente el compás del violín. Se ha marchado y es Ysabel  Asto quien llora de corazón. Se ha marchado y su violín sigue con él al lado.

 Video Homenaje a Máximo Damián hecho por Misky Taky
en el 2013.




[1] Novela póstuma de José María Arguedas, dedicada a Máximo Damián.
[2] Melodía compuesta por Máximo Damián que acompaño el entierro de José María Arguedas.
[3] Película estadounidense del género western, dirigida por Don Siegel, con Shirley MacLaine y Clint Eastwood en los papeles principales. La película fue rodada en los Estados Unidos en 1970, con la música del compositor italiano Ennio Morricone.
[6] En este enlace podemos ver algunos videos del maestro tocando su violín en su pueblo natal: http://ishuanos.blogspot.com/2008/09/don-mximo-damin-huaman-violinista-de.html

sábado, 7 de febrero de 2015

Cercana a mí (poema).

Tantas veces ajena, tantas veces vecina, 
siempre alegre, siempre fina, 
idas y vueltas siempre tu misma.

suerte o muerte, siempre fuerte,
hasta después de inerte,Nunca mía, 
nunca aún hoy en día.

Abrigos y abrazos foráneos,
discursos comunes, solo espontáneos,
migajas para mí, siempre el tercero.

Belleza y resplandor en tu derredor,
flaquezas y descampados, un yo desolador,
final previsto, tu "yo" matador.

Fisuras en tu edén perfecto,
correré a tu auxilio, yo arquitecto predilecto,
pacificando, retomando, solo moderando.


No me quejo, soy feliz,
aunque mi caminar sea de cangrejo,
aún después de viejo, lo pasado lo festejo.

Jamás amando, siempre aconsejando,
viviendo almas ajenas, soñando finales prístinos,
obsequios de otros, todos siempre etéreos, 
jamás amando, siempre solo comentando.[1] 





[1] Poema nacido a raíz del reencuentro con mi compañera y buena amiga de la secundaria. Poema extraído de una serie de anécdotas y recuerdos de un pasado, proyectados en un futuro irreal.



domingo, 25 de enero de 2015

Perra suerte (poema).

Nacimos junto al corral,
Al lado de un hermoso matorral;
Crecimos entre nieve y cabras,
Tú comías cocido y yo tus sobras,
El progreso llamó en tu mocedad,
Me refugié en la efímera soledad.

Ahora, vienes por temporadas,
quizá meses, o en vacaciones obligadas;
me acostumbro a tu presencia,
despierto al día siguiente,
ya de nuevo, otra vez, tu ausencia.

Mis ladridos y gimoteos
Son nada cuando llega tu partida;
me acaricias la piel
me das un poco de comida,
y te pierdes rumbo al este.

No se donde queda ese tu destino,
sólo atino a mirar al horizonte
viendo como te alejas tras el cerro,
para luego en un carro
desaparecer tras el nevado.

No sé cuánto dure, esta vez, tu llegada,
Tampoco sé si estaba planeada;
Te pido me des afecto y compañía,
Déjame eternizar esta armonía;
Quizá la siguiente vez,
Me encuentres envenenado
o ya enterrado.

Aún así te ayudaré,
Aún ahora y después te alabaré;
Iré contigo, de hambre o enfermo,
Acudiré a tu llamado, aún si ahora duermo;
No me considero un servidor,
Me considero escudero y tú mi mentor.




lunes, 12 de enero de 2015

Mi sombrero (memorias).

“De la vida lo que más extraño es mi sombrero, es un enigma no resuelto lo que sucede con los sombreros de la gente muerta. Cuando me maté lo primero que cayó al suelo fue mi sombrero y ya nunca más lo volví a ver.” ―Richard Brautigan[1]

Siempre quise tener un sombrero, desde niño lo que más me llamaba la atención en las demás personas era el tipo de sombrero que llevaban puesto. Si no tenían un sombrero puesto, suponía que eran personas tristes y quizá también pobres.
Mi sombrero, mis vinoculares, mi poncho de jebe y mi fruta
estos elementos infaltables cuando pasto mis ovejas.
Mi libro para seguir aprendiendo respecto a la ciencia y la humanidad.
El libro que aparece es: Ecologismo de los pobres de Joan Martinez Alier.


Mi niñez la viví en un poblado alto andino; así que era común ver a las personas con un sombrero puesto todo el tiempo. Por lo general los sombreros que más me llamaban la atención eras con dibujos en el rededor de su copa. Recuerdo que cierta vez le dije a mi mamá que me compre uno de esos (tenían florecillas y demás cosas que me recordaban al campo), mi mamá me respondió con un rotundo ¡No!, pues ese tipo de sombreros era para mujeres.

El sombrero que más recuerdo es el que llevaba puesto cuando tenía entre 4 a 6 años. Era un sombrero tejido con lana de ovino, de colores blanco, plomo y negro según recuerdo, el ala del sombrero estaba moldeada y sujetaba por un alambre grueso, de esos antiguos cuya pulgadas no recuerdo pero que se usan en los cercos ganaderos, el grosor es similar al del orificio de los tomacorrientes (la parte circular). Era un sombrero que me parecía un peluche por su tejido hecho con lana. Recuerdo pocas veces haberlo llevado puesto, siempre renegaba porque mi cabeza ya no entraba en el, sin embargo no podía perderlo de vista y exigía que mi mamá agrandara el hueco del sombrero para poder seguir usándolo.

También admiré los sombreros que veía en las películas western[2]. Desde luego esos tipos de sombreros eran común verlos en el pueblo ya que se dedicaban a la ganadería. A veces caminaba con mi gorro de lana por las calles y ceñía la parte de delante al ras de mis ojos, simulando ser un pistolero. Cuando veía algún peligro o quería simular retar a alguien, a un duelo de pistolas, subía el límite de mi gorro desde el ras de mis ojos hasta mi frente (simulando el levantar de un sombrero para ver mejor al oponente).

Mientras viví en la sierra tenía una idea de cada persona de acuerdo al color de sombrero que usaba. Los sombreros negros eran de aquellos que trabajaban con vacas y/o caballos, gente de economía media, que eran violentos con sus esposas e hijos (en general casi toda la población resolvía los problemas a punta de fuetazo limpio). Los que llevaban sombreros marrones o de copa corta eran personas de edad avanzada, lucían ternos relucientes los varones y ropas oscuras las mujeres, personas que me causaban respeto y ganas de abrazar a cada rato como si haciéndolo pudiera entenderlos más que hablando, sin querer entendía lo que significaba un apapacho[3]. Los que llevaban sombrero blanco, eran personas de cargos altos en la empresa ganadera (el poblado donde vivía era propiedad de la empresa ganadera), sin duda era o el gerente o el administrador y más valía saludarlos porque de ello a veces dependía el trato que le darían a nuestros padres, tenías que ir corriendo a saludarlos y siempre con una sonrisa que demostraba tu alegría por haber tenido la dicha de verlos, en el caso de las mujeres el sombrero blanco era símbolo de una señora de más de cuarenta años, tenía la copa alta y una cinta negra que la adornaba (eran sombreros de estilo Huancayo o junino creo). El sombrero verde era símbolo de mi abuelo, un hombre tosco con todos y demasiado consentidor con sus nietos.

La vez que mayor dicha tuve respecto a mi fascinación con los sombreros fue el 2012 cuando estaba caminando por los pasillos Sanmarquinos y vi a la delegación cajamarquina[4] reunida en mi facultad exponiendo sus argumentos para concientizar a los estudiantes sobre la defensa de sus lagunas frente a la empresa minera Yanacocha. Ese día además de cantar sus coplas y caminar junto ellos, me quedé mirando sus sombreros, quería decirle a alguno de ellos: -Te cambio tu sombrero por mi libro “Teología de la liberación”-, solo atiné a decir respecto a ese tema: -¿Cuánto cuestan esos sombreros?, quiero uno de esos-. Mientras tanto hoy el único sombrero que uso es uno viejo cuya ala parece las sombrillas que se llevan a la playa, no es mío es de mi papá.
Mi padre con su sombrero en un paraje místico.
Estoy seguro que, al igual que me teñí el pelo de verde limón o las dos ocasiones donde me hice un corte estilo mohicano, en algún momento me compraré un sombrero y lo llevaré a donde sea y me importará poco si está de moda o me ven como alguien desfasado, lo llevaré puesto como mis relojes que los llevo para ver la hora y solo cuando me baño me los quito. 

Nota: Hoy soñé con mis amigos del grupo que llamamos jupa y estábamos en la avenida principal de Huaycán, me acompañaban mientras yo compraba ropa y muchos, muchos sombreros.



[1] Richard Gary Brautigan (Tacoma, Washington, Estados Unidos, 30 de enero de 1935 - Bolinas, California, 14 de septiembre de 1984) novelista, poeta y cuentista, perteneciente a la Generación Beat. Su obra más conocida en la novela La pesca de la trucha en América (1967).
[2] Las películas del género “Western” son aquellas ambientadas en “el viejo oeste” Estado unidense, cuya trama por lo general gira en torno a la vida rural de sus pobladores y la colonización del lugar.
[3] Del vocablo Naualth “Apapachar”, abrazar con el alma.

lunes, 5 de enero de 2015

En la noche de luna llena (poema).

Pensarás, he viajado lejos,
intenta describir mis lugares y posadas;
suspira mi nombre bajo el candilejo,
asoma tu memoria y revive las cruzadas;
Acompaña tu espera entrelazando hebras,
describiendo tu vigilia y tu credo.

Recorrerás las calles y locales,
preguntarás las mas mínimas novedades;
Comprende, aún no escuchas mis cuerdas vocales,
carecerás todavía de mis mocedades;
Apacigua tu alma cantando en quiebras,
tocando en ritos, rompiendo el miedo.

Confusa bitácora la que lees diariamente,
mensajes llenos de promesas atemporales;
Tu espíritu renovado difusamente,
tras mis dichos escritos en oconales;
Repite mi nombre y mi legado,
como cuando eramos amigos y escuderos.

Y la noche vendrá con iluminación,
la estrella redonda nos juntará otra vez;
Correrás a descubrir mi melodía y mi razón,
me dirás: sí, delante de un juez;
Aquí estoy, yo a quien has esperado,
después de tantos desiertos y senderos.

Siempre repetías: En una noche de luna llena,
así siempre yo me reanimaba;
Saber que llegaría y apagaría tu pena,
instante que premeditaba y eternizaba;
No estabas sola, nuestro fruto aún me sentía,
nuestros recuerdos conspiraban felices ¡Amada mía!